viernes, 30 de noviembre de 2007

La fuente de piedra (sueños)

Aquel día había sido muy largo. Después de levantarse a las 6 y media de la mañana para trabajar, siempre le gustaba darse una vuelta solo por el monte.
Últimamente las cosas no le salían excesivamente bien. Le costaba concentrarse en su trabajo, y mucho menos en otras cosas más importantes.
Su novia últimamente no le comprendía, no entendía esas repentinas ganas por estar en soledad. No comprendía que en su interior algo estaba cambiando. Le habían sucedido tantas cosas en tan poco tiempo. Creía que nunca recuperaría aquellos años que había perdido. Pero de repente lo estaba consiguiendo. La duda le había invadido. Así que esos ratos de soledad le servían en parte par huir de los problemas y en parte para reflexionar sobre el mismo.
Aquella tarde había salido mas tarde de su casa. Acostumbraba a descansar después del trabajo, y más tarde, comenzaba su pequeña penitencia.
Decidió tomar el camino mas largo, aquel que pasa por la fuente de la roca. Ahora estaba seca, pero en su momento había tenido una pequeña laguna en la cual la vida campaba a sus anchas. En los días de verano los chicos del barrio se reunían en ella para hablar, jugar, o simplemente tumbarse para ver pasar el tiempo, tiempo que ahora se echaba de menos.
Era un día caluroso. El sol lucia delatando la época del año en que discurre el relato, tal vez verano?. El calor hacía tiempo que había secado la hierba y los arbustos del camino. La madre naturaleza hacía tiempo que había abandonado a su suerte a esos parajes.

Cada paso que daba dejaba una senda de polvo espeso. Lo único que impulsaba a nuestro protagonista era el recuerdo de aquellas horas perdidas junto a la fuente. Pero la visión de esos recuerdos de su infancia solo le hacía sentir más fuerte la sensación de tiempo perdido.
La música de su mp3 resonaba en sus oídos. Las canciones solo ponían banda sonora a sus sentimientos y de paso le alejaban aun más de la realidad, esa realidad de la que huía al menos durante unas pocas horas.
Cada paso era una pequeña penitencia y a la vez un pequeño respiro de tanta duda, de tantos recuerdos. El ir con la música a veces le permitía evadirse de todo y concentrarse mejor en lo que veía.
A pesar de la degradación de la zona aun se podía entrever la belleza que aquel lugar había atesorado hasta no hace tantos años. Aun resonaban los ecos de las risas y los sueños, las confesiones y las lágrimas que habían surcado esos parajes cuando tenía una edad en la que los sueños sí que se podían hacer realidad y la esperanza era algo innato en su espíritu juvenil. Ahora no, ahora la esperanza y los sueños eran para el un tesoro inalcanzable, una meta dolorosamente lejana, una quimera.

Tras varias horas de camino por fin llegó a la fuente. Nunca pretendió llegar, pero algo le impulsó. Tal vez el intentar que algo de la energía que tanto había derrochado en esta fuente en su juventud, se hubiera quedado latente. Esperando a que algún día regresase en su busca.
La fuente ya no era como antaño. La dejadez y el abandono habían convertido aquel paraje en una sombra de lo que una vez fue. La fuente, antes caudalosa e inagotable, ahora apenas era un hilo de agua. La laguna, tras el declive de su sustento, se había convertido en un pequeño estanque en el que la vida que antes abundaba ya solo era un recuerdo.
La visión de la zona le entristeció profundamente. Era una pequeña metáfora de sus sentimientos. Lo que antes había lucido esplendido y orgulloso, el paso del tiempo y las circunstancias lo había transformado en un bonito recuerdo en la mente de las gentes que una vez lo conocieron. Aquello que fue, dejo de ser, y difícilmente logrará corregir su rumbo.

La tristeza lo invadió. Aquello solo logró que todo lo que había pensado regresara a su cabeza. Que un sentimiento de rabia le invadiera. Que el dolor surcara todo su cuerpo hasta convertirse en una pequeña lágrima. Esta surco sus mejillas limpiando el polvo acumulado, continuó bajando hasta que se encontró con sus labios, y quedo suspendida. El tiempo se paró ante el, sus ojos una vez azules y brillantes habían perdido ese color. La pequeña gota de agua comenzó a caer. Toda su pena y rabia acumulada estaban en esa pequeña gota de vida, todo el dolor de una vida surcaba el aire buscando el reencuentro con el polvo de donde una vez comenzó a forjarse. En aquella fuente, en aquel lugar. La pequeña gota cayó al suelo levantando unas briznas de polvo. La marca en el suelo asemejaba a un pequeño sol. Su mirada siguió el curso de la pequeña gota, y vio como inmediatamente desapareció entre las ruinas de esos días de verano.
Estaba cansado, necesitaba relajarse, no pensar. Tras dar un rápido vistazo, vislumbro un pequeño retazo del prado que una vez fue la fuente. Este estaba debajo de uno de los árboles que todavía quedaban en pie. La presencia del árbol había mantenido relativamente bien la hierba de esa zona. Decidió tumbarse un rato para descansar, aun le quedaba la vuelta a casa. Se acomodó debajo de la sombra de aquel árbol medio muerto. Bajó el volumen de la música y se dispuso a cerrar los ojos para descansar, pero sin darse cuenta se durmió. Durmió profundamente, no soñó.

La música había parado hacia rato. Ahora nuestro compañero regresaba de su sueño. Comenzó a abrir los ojos. El silencio de la zona era total. Cuando por fin abrió los ojos se quedo algo aturdido. Había anochecido.
El cansancio que había acumulado en estos días de preocupaciones le había pasado factura. Por lo menos había dormido dos horas.

El silencio era total. La oscuridad envolvía cada recodo. La luna asomaba tímida entre las nubes arrojando una tenue luz sobre el paraje. La poca luz que había no hacia más que empeorar la visión de la charca. La fuente dejaba ver un tímido reflejo provocado por las gotas de agua resbalando por el musgo que aun se alimentaba de sus aguas. Tal vez fue la triste belleza de la imagen o un golpe de viento, o, por qué no, de su imaginación, pero le pareció oír su nombre, lejano, tímido, casi imperceptible, solamente un susurro entre la oscuridad. Era tenue, musical, se hubiera confundido con el sonido de una pequeña flauta. Pero aun así, estaba claro que era su nombre. Cada fibra de su cuerpo se estremecía cada nueva llamada. Comenzó a sonreír pensando que alguien le estaba gastando una broma. Pero algo dentro de si le decía que no. Escudriño el paraje. Ante la poca luz no podía ver nada. Apenas la sombra del árbol y las lejanas luces de la ciudad. Su cerebro trabajaba a mil por hora. Todos sus sentidos estaban alerta. Entonces se dio cuenta que la voz había cesado. El corazón latía en su pecho haciendo que cada latido rebotase en sus oídos. Sus ojos ya vislumbraban algún detalle más. Ahora veía claramente el monte que empezaba tras el camino de entrada al prado. Aquel en el que de niño tantas veces habían jugado a alto 10. Un juego que consiste en formar dos grupos. Uno se esconde y el otro tiene que cogerlos. El monte estaba cubierto por un bosque de pequeños pinos en los que en la infancia se subían para esconderse. El era bueno. Siempre había sido bueno escondiéndose. Ya fuera jugando a alto 10 o, como hoy, de sus problemas.
Estaba mirando al bosque, cuando una pequeña brisa rozo su nuca, esas brisas que te erizan el bello, esas brisas que recorren cada neurona, cada fibra de tu cuerpo que delatan que no es el viento, es algo más, una sensación, un susurro. Esa brisa que al mirar a tu espalda esperas encontrar a alguien, pero no a cualquiera. Sabes que no solo es aire, es un sentimiento enviado sin palabras, un mensaje. Comenzó a girar la cabeza lentamente, cada movimiento era una eternidad. Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos la oscuridad seguía envolviéndolo todo. Se dijo a si mismo que era un paranoico. Que esperaba encontrar? Nada, tal vez la misma oscuridad que antes. Tras ese pequeño incidente decidió que ya era hora de volver al mundo real y dejarse de alucinaciones paranoicas provocados por sus recuerdos de niñez.
Ya más calmado recogió sus cosas y se dispuso a ponerse en camino de vuelta a casa. Pero entonces un pequeño punto de luz apareció en la entrada al prado, a su vez el sonido que antes había escuchado volvió, pero ahora mas nítido. Al mismo tiempo que la luz aumentaba de intensidad lo hacia la voz. Repetían su nombre una y otra vez. Digo repetían porque eran varias, agudas, graves, se unían en una espiral frenética de sonido y luz. Estaba paralizado, su cerebro no era capaz de asimilar a la vez lo que estaba viendo y ordenar a su cuerpo que respondiera de alguna manera, huyendo al menos. No, miraba en silencio, sin comprender. De repente algo le agarró del brazo con una fuerza sorprendente. Le hacia daño, pero era incapaz de soltarse, ni siquiera de abrir la boca para quejarse del dolor que le provocaba aquella extraordinaria fuerza que había comenzado a atraerle hacia esa luz. A medida que se acercaba a la luz el dolor se iba diluyendo. A pesar de la sorpresa inicial había comenzado a ser consciente de lo que pasaba, y lo que había comenzado por paralizarle, ahora lentamente le estaba arrastrando hacia el pánico, que a su vez no podía exteriorizar.
A medida que se acercaba a la luz esta antes difusa e informe había comenzado a transformarse. Ahora se empezaba a vislumbrar una figura, una forma humana. Estaba a escasos 2 metros cuando las voces cesaron. Ahora podía ver claramente lo que se escondía detrás de la luz. Era una persona, un anciano. Vestía un traje gris claro con una camisa rojo oscura. Sus zapatos eran viejos y estaban sucios del polvo del camino. Su escaso pelo contrastaba con lo poblado y oscuro de sus cejas, que escondían unos ojos marrones y brillantes que no se apartaban del suelo. Las múltiples arrugas de su rostro se veían matizadas por una barba de pocos días que le daba un aspecto descuidado, desaliñado, abandonado.
Estaba a un metro escaso cuando la mano invisible que le atrapaba cesó de atraerle hacia el anciano. Se quedó quieto frente a él. El anciano seguía mirando hacia el suelo. La luz comenzó a disminuir de intensidad. A pesar de que su bloqueo mental ya no era tan acusado, era incapaz de adivinar de donde habían provenido las voces, y sobre todo, de donde provenía la luz que a pesar de no ser tan potente como antes, todavía no le permitía ver sin fruncir el ceño al anciano que se erguía ante él. A pesar de poder ver los rasgos de su cara, todavía no había captado ningún tipo de expresión en él. Como si la cara que tenía ante él fuera simplemente una careta. La luz continuaba perdiendo intensidad poco a poco. No sabemos cuanto tiempo paso, pero al fin se apago.
La oscuridad volvió a envolverle, aunque esta vez no estaba solo. Ahora dudó ver al anciano con más claridad porque a pesar de la oscuridad reinante este desprendía una extraña luz, una claridad parecida a la de la luna llena. Ahí estaban, uno frente al otro, sin hablar, sin un solo gesto, o eso parecía. Entonces el anciano comenzó a levantar la mirada hasta que esta se fundió con la de nuestro personaje. Sus ojos eran oscuros y profundos, denotaban firmeza y dulzura a la vez, alegría y tristeza, odio y compasión. Entonces le habló. - Qué buscas. La pregunta podía tener mil respuestas, pero él sabía la que tenía que dar. – La felicidad. Respondió con una voz que le pareció extrañamente serena teniendo en cuenta el aturdimiento que tenía en su interior. El anciano sin apartar ni un solo momento la mirada de sus ojos le dijo: - Y por qué la buscas en el pasado aun sabiendo que nunca volverá. Le recorrió un estremecimiento por el cuerpo no tanto por la pregunta si no por que se dio cuenta de que el anciano mientras exponía la cuestión no había echo ningún tipo de movimiento. Su boca no había echo ningún ademán de pronunciar palabra. Pero la pregunta ahí estaba. Respondió: - Si el presente solo me puede deparar un futuro incierto y oscuro, ya no me queda más que refugiarme en el pasado. La respuesta provoco en el anciano un cambio casi imperceptible en sus ojos. La mirada se había endurecido, denotaba enfado, decepción, indignación tal vez. – Te aferras a un pasado que lo único que a conseguido es convertirte en lo que ahora eres. Una persona que busca respuestas donde no puede encontrarlas. Una persona que se refugia en su pasado en vez de enfrentarse a su presente para cambiar su sino, y con ello su futuro. Una persona que temiendo el futuro se teme a si mismo. Un cobarde que no enfrenta sus temores y se escuda en cualquiera que le ataque para auto compadecerse.
Siento defraudarte pero el pasado no habla, solo nos aturde en los malos momentos para recordarnos que no somos felices y que cualquier tiempo pasado fue mejor.
El joven, aludiendo a su orgullo de juventud le respondió – Si tan sabias son tus palabras, si tu verdad es la absoluta porque aparentas esa desdicha en tus ojos, porque esa rabia. Si tienes la respuesta para la felicidad verdadera, porque irradias ese aire de nostalgia? Porque consumes tu tiempo n un cobarde como yo? . El anciano respondió – En esta vida hay muchos porqués, pero muy pocas respuestas. El secreto esta en buscarlas uno mismo. Recapacita y no eches la vista atrás, no te tortures con lo que hiciste o dejaste de hacer recuerda que el pasado es inamovible, la única manera de cambiar las consecuencias de tus actos pasados es arreglarlo en el presente. Piénsalo.
Justo cuando aun retumbaban las últimas palabras el anciano comenzó a desvanecerse en la oscuridad. Ni un movimiento, la oscuridad se lo llevaba igual que lo había traído. El coro de voces que hasta ahora se había parado comenzó de nuevo, pero ahora el sonido que producían era como un susurro, como un eco de las últimas palabras del anciano, como una advertencia de que no olvidara. Un aviso. La noche se hizo completa. El silencio recuperó sus privilegios.
Ahora se preguntaba si lo que había visto había sido real, se preguntaba si era un sueño. Se acercó a la zona del claro donde el anciano había estado solo un momento antes intentando encontrar un rastro de su presencia, algo que delatase que todo había sido un invento de alguien demasiado aburrido o demasiado loco para montar este espectáculo. Cuando llego a la zona donde hasta hace un momento se situaba la figura del anciano comenzó a buscar algún tipo de huella, la zona como antes habíamos dicho antiguamente era un prado de hierba verde gracias al continuo riego de la fuente de la roca. Pero desde que la cerraron este se había convertido en un erial de polvo y hierba seca. Se agacho y ante su sorpresa no había ningún tipo de marca de la estancia de nadie allí, de nadie excepto el mismo hacía unas horas, allí estaba, como un pequeño sol, la marca dejada por su lágrima, la lágrima que contenía toda su frustración y su rabia. La lágrima en la que hacia unas horas había desechado toda esperanza de que las cosas mejoraran. Su lágrima.
Y hay comenzó a formarse. Cada hecho triste pasado se mostraba ante sus ojos como una vieja pelicula, cada error, cada disculpa, cada momento de rabia contenida se unía en una sola forma, en algo tangible que estaba comenzando a formarse, todo acumulado en una sola cosa, una lágrima. Una vez formada comenzó a resbalar por su rostro, quemándole a su paso, recordándole cada día perdido, cada sonrisa echada a perder, cada momento desaprovechado.
Cayó, como un pequeño trozo de si mismo desprendido por su mente para dejarle continuar. Cayó. Cada sueño inalcanzable cada lágrima y cada sonrisa se desvaneció ante sus ojos entre una pequeña nube de polvo formando otro pequeño sol en el mismo escenario donde una vez sus sueños de juventud eran realidad, en el único sitio donde alguna vez lo fueron. Y cada sueño perdido, cada lágrima derramada desaparecieron.
Cerró los ojos. Descansó.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Onirico

Llega un momento en la vida en que todos echamos la vista atrás. Un día en que nos damos cuenta del curso que han tomado las cosas. Ese día había llegado para él.
Por fín se dio cuenta de que ella solo era suya en su mundo onírico. Se sorprendió a si mismo soñando con un futuro común que nunca ocurriría. Escucho dentro de él los lamentos por no poseerla. Se dio cuenta de que el mundo no es como lo imaginamos, si no que es lo que nosotros logramos de él. Pero aquel mundo era distinto. El cielo rezumaba luz, las aguas eran siempre cristalinas. En la lejanía podía divisar las montañas del norte que, como en uno de nuestros sueños, se unían con el cielo por una perpetua niebla que cubría la cumbre. Los árboles se erguían orgullosos luchando por tocar el azul de un cielo impoluto. Ese era el verdadero sueño, pero nunca lo vio. Vivía atrapado en su sueño. Los momentos de silencio los aprovechaba para escapar junto a ella pensando que si en un momento dado hubiera hecho algo diferente su vida ahora sería un camino de rosas. Pero no se dio cuenta que ese camino tenía espinas. Las espinas que ella siempre hubiera atravesado en su camino, las espinas que lamentablemente él nunca vio. Su sueño se tornó pesadilla, una pesadilla que no le dejaba vislumbrar la realidad de su vida. Aquellas montañas quedaban ya lejanas. Los árboles antes orgullosos yacían en el suelo exhalando sus últimos suspiros. Las aguas siempre cristalinas ahora eran un torrente de barro y restos de aquel bosque antes orgulloso. La luz del sol solo era ya visible a través de una capa de niebla que antes cubría las cimas de las montañas y ahora había bajado para entristecer más la visión de su realidad. Tan ciego estaba que a pesar de los estragos provocados por ella en su sueño, todavía se consolaba diciendo que para que quería ver el sol si los rayos mas bonitos son los que se reflejan en la luna. Aquel mundo al cual se había agarrado en sus peores momentos se había venido abajo solo con la presencia de ella, y el no se daba cuenta. Creía huir y solo lograba acercarse un poco mas. Estaba perdiendo toda la belleza de un mundo construido con las lágrimas, las risas y las experiencias de varios años en tan solo unos pocos mes...

Cementery

Vivo en un cementerio en el que los sueños descansan para no volver. Un lugar en el que la noche es perpetuo dueño. Un lugar en el que el lamento de ilusiones perdidas son rumores que suavemente penetran hasta lo más hondo. El lugar al que todos hemos ido aunque solo sea una vez. El lugar donde las lágrimas son el rocío y los lamentos el susurro del viento entre las hojas. Es allí donde has de ir a buscarme si tú quieres. Solo allí podrás rescatar lo que queda de mí.
Cuando todo carece de sentido es aquí donde solo te refugias? Es aquí donde te lamentas de ti mismo, donde buscas respuestas. Respóndeme por que un niño muere de hambre, y el por que alguien muere por el color de su piel, y ahora dime que no eres feliz. Dime que la vida contigo ha sido injusta. Dime que por que tu sueño de futuro no se haya cumplido eres infeliz. En ese lugar del que hablas no están también los sueños de aquel niño que desea ver a su padre muerto?
Dime que te encuentras solo entre tanta gente, dime que eres injusto. Dímelo.
Recuerda que el dolor no es propiedad privada, que el mundo gira, y no solo para ti. Que los lamentos y las risas son la banda sonora de la vida. Que tanto uno como otro te va a acompañar en tu camino, y que a su vez, uno no puede sobrevivir sin el otro.
Cementerio de sensaciones, eso es lo que tus ojos te muestran. No te das cuenta que a pesar de todo te camuflas en ello. Transformas tus sonrisas en lamentos por el mero hecho de autodestruirte. A que fin, que te quieres demostrar. Despierta.
Respira y siente cada momento porque es la última vez que vas a vivirlo. Recuerda cada susurro porque seguramente no vuelvas a escucharlo, cada roce de tu piel, cada lágrima… Todo tendrá su sentido porque todo te llevará a lo que ahora eres, tienes o deseas. Atesora cada momento, no lo abandones ya que pudo ser el último, y sobre todo haz saber a la gente que la quieres que es así porque tal vez luego no puedas hacerlo, tal vez sea tarde, tal vez ya no puedas.
Cementerio oscuro y lúgubre, cementerio.